viernes, 30 de diciembre de 2016

EL JARDÍN DE NUESTRO PADRE

      (Artículo publicado en la revista de la ONG Córdoba Acoge "Sin ir más lejos", correspondiente al mes de diciembre de 2016)





   ¡Bueno, pues ya estamos aquí, casi en el mes de diciembre! Mes de mantecados y esperanzas. A todo ciclo que termina se le atribuye el don de contener, al menos en potencia, la semilla de lo que no pudo traernos, pero quizá espere a la misma vuelta de la esquina. Época de compras, para quienes puedan hacerlas, de viajes de regreso para quienes tengan a dónde regresar y de balances. Sin ir más lejos también quiere hacer el suyo, pero la idea de balance, de resumen, alberga un peligro: no todos los aspectos que debe reflejar, si es que se trata de un balance honesto, tienen por qué ser positivos. Dejando a un lado el tema de los vasos medio vacíos y medio llenos, hay que reconocer que un año pasa rápido, pero da para mucho: microrracismos cotidianos, refugiados que cargan su vida en una bolsa, kafkianos procesos de documentación, precariedad laboral; también desarraigos individuales y familiares y menores que el Estado tutela o destutela según le convenga. Esta enumeración veloz, como todas las de su clase, no habla de lo más importante: detrás de cada uno de sus elementos componentes hay personas, cientos de personas, miles de personas como usted y como yo, que querrían tener un techo suficiente, un trabajo digno (aunque normalmente se conformen sencillamente con un trabajo, necesidad obliga), algo de tiempo para mirar a su alrededor, pensar en las cosas, pensarse.
            También este año, cómo no, se han dado multitud de situaciones dolorosas y algunos francos desastres. Cuando pasa algo malo, o simplemente molesto, la primera reacción es buscar culpables. El paro y la precariedad aumentan, y entonces es culpa de la propia gente que busca un trabajo, mucha de ella originaria de otros países, porque dejan menos para los de aquí. Los empleados públicos, las mismas personas extranjeras, los perezosos y quienes, en general, carecen de recursos son, claro está, culpables del vacío de las arcas públicas, que amenaza el sagrado sistema de pensiones que creíamos intocable. Pasa, fíjense ustedes, incluso con las ancianas que no tenían dinero para pagar la factura de la luz cuando, después de varios meses utilizando velas, una de ellas prende donde no debía, en la vivienda se declara un incendio y la mujer fallece. Los organismos oficiales responsables juegan a la patata caliente con la empresa suministradora de energía eléctrica; ciertos medios periodísticos acólitos culpan a la propia fallecida por su torpeza. El resto de los medios (cada día menos) no se atreven a decir nada en un sentido ni en otro. Qué podemos, en suma, esperar de todos ellos en casos más complicados, que afectan a colectivos enteros, personas refugiadas, inmigrantes, población joven y sin perspectivas. Casos en los que, supuestamente, hay en juego consideraciones de índole macroeconómica.
            Creo que acabo de escribir la palabra prohibida. ¡Que se abra la caja de los truenos! Nos atrevemos a verbalizar el máximo tabú en los dominios de nuestro padre, el Estado. Pero es que es a Él mismo, al Estado, a quien vamos a culpar en este artículo de todas esas situaciones, esos dramas, esos dislates imperdonables. Si algún culpable tiene que existir, ¿por qué no Él? Nos dicen que es la respuesta fácil, la más simple, y que probablemente estemos incurriendo en un maniqueísmo. Entretanto, Él, nuestro padre supremo, lleva a cabo un experimento tras otro. ¿Hay migraciones obligatorias, en las que miles de personas huyen de la guerra? Pues declara solemnemente, tras conjurar a la prensa, que va a acoger a un número X. Este número ya sonaba escaso, pero es que después resultará que, en realidad, han sido muchos menos. ¿Ciertos sectores críticos y revoltosos se le echan encima, con malignas acusaciones de estar destinando fondos públicos a caprichos privados, de que sus representantes viven a cuerpo de rey mientras miles de familias sobreviven con lo justo y menos? ¿Les reprochan que en el ámbito de su territorio, su florido jardín, no se dispensa una buena acogida a quienes pretenden iniciar una nueva vida? Pero es que esas personas, todas y cada una, llegan únicamente con la intención de aprovecharse, quitar de nuestras bocas el alimento que Él, nuestro padre, nos dispensa. El alimento, eso sí, es limitado: Él reparte lo que puede, y en nuestras manos queda realizar una administración inteligente. Cuando se le pregunta por la evidente escasez de recursos, nuestro padre se encoge de hombros y, con expresión compungida, responde que tendríamos que haber gestionado mejor lo que se nos proporcionaba. Si permitimos que hijos de otros padres entren en el jardín, ¿a qué viene ahora quejarse porque no haya suficiente para todos?
            También nuestro Padre, hay que recordarlo, tiene sus adoraciones. De hecho, toda la actividad que observamos en Él podría resumirse en un intento permanente por contentar los oscuros designios de su dios, la economía. Para ello sube y baja impuestos, reduce prestaciones, abarata el despido, miente sin tregua ni tasa; lo que sea necesario para que el dios esté contento. Es de suponer que, si por una mala suerte provoca el enfado de esa divinidad, las consecuencias serían terribles. Él afirma que esos efectos adversos caerían sobre nosotros, porque su único empeño es gestionar los intereses comunes de la mejor manera. Sin embargo, de los términos de esa gestión estamos, siempre, cuidadosamente excluidos. Nuestro padre no cuenta con nosotros, probablemente a causa de nuestra inmadurez para entender las exigencias del dios. Solo otros padres como Él, y no todos, la verdad, poseen la capacidad de comprender lo que el dios exige, y hasta qué punto es necesario cumplir puntualmente con sus órdenes.
            En fin, si hay que llegar a algún tipo de balance, queremos que sea positivo. Las cosas no andan bien, es verdad, y con esto nos hacemos eco de las murmuraciones de todos nuestros vecinos de descansillo; pero hay que seguir intentándolo. Tal vez, con algo de suerte y otro poco de buena voluntad, nuestro padre decida empezar a hacernos caso, a tratarnos con algo más de respeto, y acoja además con amabilidad a quienes vienen a su casa, en busca de un hogar, un trabajo, en busca de calles por las que pasear y esperanzas que hacerse. Sobre todo ahora, que ha llegado diciembre y el año termina. Feliz 2017 a todos y todas, de donde quiera que seáis y a donde quiera que las circunstancias os hayan llevado.  

domingo, 13 de noviembre de 2016

EL GATO QUE PASA JUNTO A NOSOTROS SIN QUE NOS DEMOS CUENTA




              Reseña de Das merkwürdige Kätzchen (El extraño gatito, Ramon Zürcher, 2013)

              La familia de la que se habla en Das merkwürdige Kätzchen (El extraño gatito, Ramon Zürcher, 2013) es del todo normal. Uso este apelativo de manera intencionada: lo “normal”, tal y como nos han enseñado a considerarlo, quizá no exista. Es cierto que hay un estado de cosas razonable y ordenado, pero también millones de posibles anomalías. Teniendo en cuenta esta proporción,  esa “normalidad” sería tan infrecuente como la posibilidad de conseguir un empleo entregando un único currículo, a no ser que se tengan todos los padrinos del mundo.

            Un día en la vida de una familia alemana contemporánea. Este es el presupuesto del que parte Zürcher para construir su discurso, pues no podemos hablar propiamente de argumento. Acciones cotidianas, como pelar una naranja o servirse un vaso de leche, son dotadas por el ojo sutil del director de una significación que siempre estuvo ahí, pero en la que habitualmente no reparamos. El fotograma que he seleccionado como imagen de presentación para esta reseña sirve, como podrían hacerlo otros muchos, de perfecto ejemplo: la niña está ante una mesa, en la que hay varios objetos iguales a los que encontramos en nuestras propias casas; mira a alguien o algo que se sitúa fuera del plano. Colores intensos, rostros quietos, atenciones puestas en cosas o personas que no vemos. Estaríamos, entonces, ante una de esas películas en las que, según se apresurarían a señalar muchas voces, “no pasa nada”. Pero sí pasa, ocurren multitud de cosas. “El extraño gatito” te obliga a mirar con ojos diferentes a los acostumbrados, quiere afilar tu facultad de observación tanto o más como tuvo que aguzarla el propio autor para rodar su epopeya íntima. Porque suceden multitud de acontecimientos para quien ha aprendido a verlos, y esta película deviene en una especie de curso acelerado sobre cómo desarrollar tal facultad.

            Mención aparte merecen las actrices y actores que encarnan a los miembros de esta familia sutilmente disfuncional. Unas y otros cumplen a la perfección su tarea de instrumentos en una pieza musical, con danza incluida, cuyas melodías se aceleran o ven ralentizadas según convenga a la sensibilidad del autor que, como ya se ha comentado, él quiere que sea también la nuestra. Así, vemos que el tiempo se detiene en una ocasión determinada y en apariencia sin gran importancia, o transcurre veloz destilando numerosos detalles que tendremos que estar atentos para captar.

            Por último, destacaría la música. La banda sonora de la película se compone de un único tema que suena, con insistencia hipnótica, en varios momentos de su corto metraje (apenas algo más de una hora). La pieza se convierte con ello en un instrumento más al servicio de los objetivos del autor, que pasan por captar nuestra atención con la fuerza de uno de esos espectáculos que el día a día nos ofrece sin aviso, y que tienen la facultad de absorbernos de nuestra quietud y ensimismamiento naturales, como, por ejemplo, una caída en plena calle o la súbita declaración en voz alta de un sentimiento por parte de un desconocido.

            Magnífica, intensa película, que el espectador o espectadora sentirá, si su mirada aprende a desarrollarse con la velocidad suficiente, como algo privado, suyo, una pequeña historia más del imaginario personal en el que, más tarde, se verá obligado a pensar y del que recordará unas cosas mientras que otras quedarán en el olvido, como siempre sucede. Espero que les guste tanto o más de lo que ha conseguido intranquilizarme a mí.




               



            

lunes, 3 de octubre de 2016

NO

   (Un comentario acerca de los trámites burocráticos respecto de las personas inmigrantes)
   (Publicado en la revista "Sin ir más lejos" de la ONG Córdoba Acoge)

 


             Examinemos, por un momento, la cuestión del papeleo. El Estado Español, como todo estado, es un ente complejo de naturaleza jurídica pero cuyo comportamiento está muy cerca de lo animal: cuando tiene hambre se abalanza sobre el alimento; se aparea con otros miembros de su misma especie; si algo —cualquier cosa— le suscita temor por su propia seguridad, lo rechaza y huye o intenta, en caso extremo de desesperación, una maniobra de defensa. Pero claro, al tratarse de un animal jurídico todas esas reacciones tienen lugar en el ámbito de lo burocrático, de lo legal e ilegal.
            El Estado, animal que habitamos, se defiende de lo que concibe como agresiones a su integridad abriendo a sus pies un apresurado foso que no llena de agua, como mandaban los cánones de la técnica militar medieval, sino de algo mucho más efectivo para sus propósitos: trámites, formalidades, listas de requisitos, condiciones que la persona debe cumplir para ser reconocida como persona, en primer lugar, y luego a fin de ir ascendiendo en la esforzada y larguísima escala que distingue a la ciudadanía de primera, segunda, tercera y sucesivas clases. Este comportamiento del Estado-animal no es extraño si tenemos en cuenta que, para él, alguien sin recursos viene a equivaler a una bolsa de contenido desconocido que una mano anónima hubiese abandonado en una estación de autobuses: un bulto sospechoso, repleto de potencial peligro y que obliga a la adopción de medidas inmediatas de aseguramiento del peligro y desactivación. Quizá esto explica por qué las personas sin recursos, al igual que las personas inmigrantes, salen en televisión de preferencia cuando son culpables o víctimas de algo o han llevado a cabo una honradez digna de las navidades, como devolver una cartera perdida insólitamente llena de dinero.
            La tan cacareada globalización ha resultado ser un fenómeno cuyos efectos se limitan a lo económico y al ámbito de la información —para mucha gente es lo mismo—. En lo que se refiere al elemento humano, a las necesidades y problemas de las personas, el mundo ya no es tan pequeño ni carece de fronteras e impedimentos; aquellas delimitan su territorio y estos lo protegen para que nadie venga a robar el pan del Estado-animal, el mismo que él previamente se encarga de esquilmar a sus ciudadanos habitantes para el sostenimiento de los órganos y aparatos de los que se compone. Las personas normales, con un nivel económico medio-bajo, no traen consigo desde el otro lado de las fronteras poder ni dinero; no tienen nada que ofrecer en sacrificio al Estado-animal en cuya piel pretenden cobijarse. Si los hábitos de la manada a la que el animal pertenece son neoliberales y seudobancarios, como es el caso del animal España y su rebaño europeo ficticio, la actitud variará radicalmente según la persona recién llegada provoque o no la falta de acuerdo en sus balances contables. En caso afirmativo, esa persona adquiere la naturaleza de un problema y las proporciones y formas de un bulto, un bulto sospechoso, claro, con lo cual volvemos a la situación de alarma antes comentada.
            Con las personas que pretenden construir su vida en un país distinto al de origen funciona, desde la perspectiva del Estado-animal, una descarnada lógica parecida a la que aplica en el sector laboral. Su formulación básica podría ser algo así: quien debe estar preocupado continuamente con lo más básico no tiene tiempo ni energía para exigir sus derechos, la dignidad y el trato que le son debidos; no puede, en suma, permitirse el lujo de hacer otra cosa que sobrevivir. La inestabilidad hace a la persona más fácil de manejar, condiciona su comportamiento para hacer de ella un número dócil. Los gobiernos son incapaces de lidiar de manera lo bastante rápida o durante mucho tiempo con números rebeldes, poco adaptables o excesivamente contestones. Cada dígito debe plegarse a formar una hilera ordenada, clara, conveniente. Si se nos aísla, los números tendemos por inercia a obedecer todo tipo de indicaciones; componemos, sin armar demasiado ruido, esas gélidas filas de las que se hablaba. Nuestra opción es no permanecer en el aislamiento: al comunicarnos, ya seamos números nacionales o extranjeros, en desempleo o actividad, al colaborar entre nosotros espantamos, al menos parcialmente, todo aquel frío y se desmontan las cuentas públicas. Nos volvemos impredecibles, más capaces de reaccionar ante lo que merece una reacción. Cada serie de números que identifican un expediente, impreso en el frontal de una carpeta, carpeta tras carpeta, Subdelegación tras Subdelegación del Gobierno, contiene los datos referentes a una o varias personas, tiene el objeto y la pretensión de cifrar y contener varias vidas pero no, no equivale a ellas. No, de ninguna manera. No.

miércoles, 17 de agosto de 2016

ESTO NO ES LA TÍPICA QUEJA POR OTRA LIBRERÍA QUE HA CERRADO



           No, no quiere serlo porque nada hay que me cause más pereza que ese tipo de comentario en el que el autor o autora entona un lamento por la desaparición de algún comercio ligado a sus recuerdos y, tras algunas frases dedicadas a la memoria de quien fue, acaba —¡oh, sorpresa!— con una reflexión acerca del peso de los años, el cambio en los perfiles de nuestro pequeño mundo y la huella del sabor amargo que esas variaciones dejan en nuestra boca, el deje de tristeza resignada en el funcionamiento, por lo demás razonable, de nuestro ya tantas veces herido corazón.
            No, porque, verán ustedes: las librerías anudadas a mis recuerdos cerraron hace ya mucho, sus dueños agotados o arruinados o ambas cosas; y la clausura de un establecimiento de esta naturaleza no equivale a la de cualquier otro respecto al que podamos albergar sentimientos más relacionados con nuestra íntima condena de cumplir años que con el objeto del comercio cerrado. No, una librería no es como la panadería donde comprábamos la palmera de chocolate de la merienda ni la tienda de ropa a la que nuestra madre insistía en arrastrarnos cuando se hacía necesario renovar nuestro variopinto fondo de armario. Una librería es un lugar donde se vende cultura, aunque no siempre; en cuyos anaqueles se pone precio a nuestra ilustración y nuestra fantasía, sí, pero en los que resulta posible, en cualquier caso, tener acceso a esa fantasía, a esa ilustración.
            Una librería que cierra es una decepción y es un engaño. El engaño reside en hacernos creer que el establecimiento en cuyo escaparate vemos un mal día el cartel de “se vende o alquila” es igual que el resto: uno de tantos donde se comercia con artículos exactamente iguales a otros muchos, intercambiables y volátiles. Una librería no cierra solo porque “así son las leyes del mercado” (por cierto: ¿qué leyes? ¿Hemos votado para que rijan nuestra existencia, se somete su vigencia a nuestro criterio periódico?). Significa que allí, en la localidad donde tiene lugar el cierre, la gente no ha comprado suficientes libros como para mantenerla a flote. Con la excepción de los casos en que la torpeza de los propietarios haya podido dar al traste con sus cuentas, que no se vendan libros habrá querido decir que los clientes no han querido o no han podido permitirse su adquisición; y ambas circunstancias resultan igualmente tristes e inquietantes, aunque por diferentes motivos.

            La escritura y la lectura son el mejor vehículo del pensamiento. Ningún otro favorece de igual manera, con ese mismo carácter reposado e íntimo, la asimilación de ideas y el aprendizaje necesario de todos los matices y formas que la emoción puede presentar. Lean, lean ustedes, háganse el favor. Y, si no es de mucha molestia, que al menos alguno de los libros en los que decidan introducirse no provenga de las estanterías de una gran superficie comercial: acudan a sus librerías más cercanas antes de que las crueles leyes del mercado decidan echarles el cierre, recorran sus pasillos, olfateen la tinta impresa. No se dejen ganar de la melancolía, confíen en que, si una librería cierra y se produce con ello un nuevo ataque a nuestras posibilidades de ilustración, otra librería puede abrir en un futuro no muy lejano y así debe ocurrir a pesar de todos los signos en contra. Déjense guiar por sus preferencias, alguna buena recomendación o el impulso del momento y, finalmente, escojan con decisión su libro de ese día. Sí, es ese; tómenlo del lomo, abran sus páginas, disfruten.

lunes, 27 de junio de 2016

MI PAÍS







        Un país que juega a ser liberal y cosmopolita, cuando lo cierto es que sus ciudades siguen siendo, en una mayoría, pueblos grandes que conservan sus costumbres de pueblo —lo cual, por otra parte, los preserva de la inmensa nada de ese pretendido cosmopolitismo—, pueblos grandes en cuyos jardines los ayuntamientos erigen estatuas a sacerdotes “que hicieron mucho por su comunidad”. Mientras, artistas de todo tipo, pensadores y pensadoras, personas que abogan por la reforma de la educación se mueren de asco y olvido. Un país que ignora sistemáticamente a sus mejores cerebros, que desprecia la inteligencia y premia el afán de negocio. Un país que se tumba al sol de su complacencia mientras todo sigue, aún, por hacer. Un país donde la gente deshonesta medra, en el que cualquier cosa se logra a base de contactos y maledicencias. Un país que quiere ser rico y adopta las maneras y el lenguaje de la riqueza, pero que es pobre, muy pobre, porque carece de auténticos deseos de ser algo, de reformarse ideológicamente y no repetir sus errores: un país que repite, una y otra y otra vez, esos errores porque de ellos pueden, algunos y algunas, sacar el beneficio que les permite considerarse prósperos e inteligentes, cuando lo cierto es que no son ni una cosa ni otra.
            Un país donde se suceden los homenajes patrióticos, los homenajes religiosos, las concesiones de honores y distinciones públicas a personajes dudosos. Cualquier hecho una gesta, todo pequeño acontecimiento de memoria incierta un logro, los números de la sagrada contabilidad, sobre todo si son difícilmente comprobables, la prueba de que todo va a mejor; argumentos todos ellos para reafirmar la idea de la patria. Cervantes, por ejemplo, era ante todo soldado español —¡y por entonces de un imperio!—, las naranjas de Valencia son las mejores porque Valencia está en España. Nuestro país se identifica en el universo entero por la figura de una mujer vestida de gitana, aunque una mayoría de mujeres españolas no hayan llevado jamás ese traje y existan, además, otros muchos atuendos regionales. España, por fin, ha sido reducida a una marca; y para mantenerse y gozar de éxito como tal debe ofrecer un perfil único, compacto, homogéneo, identificable de un solo vistazo.

            Así es mi país. Noto su tierra estéril de ilusión y de fruto. Su ciudadanía se afana, sudorosa, cansada y variable, trabajando sin saber para qué. Aquella estructura atomizada de pueblo multiplicado por miles, esta manía por tergiversar las cosas, el nervioso hormiguear de sus habitantes que se expresan con acentos y palabras tan diversas y, solo por eso, desconfían unos de otros; amo mi país casi por las mismas razones que me llevan, en ocasiones, a albergar temores de padre reflexivo que mira a su hijo o su hija y piensa, moviendo la cabeza, que nunca llegará a nada en la vida. Igual que niños malcriados y egoístas, no aprendemos a ser mejores, quizá porque muchos no saben de qué manera hacerlo y otros, hay que aceptarlo, sencillamente porque no quieren. 

lunes, 16 de mayo de 2016

UN FANTASMA RECORRE EUROPA (TEXTO PUBLICADO EN LA REVISTA "SIN IR MÁS LEJOS" DE LA ONG CÓRDOBA ACOGE)



Un fantasma recorre Europa, pero no es el del expresivo poema de Rafael Alberti, ni siquiera el espectro de la estupidez acomodaticia que Buñuel hizo protagonista de su película “El fantasma de la libertad”. No, este fantasma nuestro es el del miedo, la desorientación, la pérdida. Más, muchas más de cien mil personas han venido de Siria en busca de refugio. Llaman a una puerta que no se les abre. Personas que huyen de una guerra, personas que lo han perdido todo.
Circulan muchas imágenes de esas personas. Vemos su desesperación, su lucha por alcanzar un punto en una costa, cruzar una valla, agarrar un saco con comida. Pero esas imágenes, por sí mismas, no son una explicación. No es posible hablar de soluciones, de causas y efectos, sin tener datos; a los datos, además, conviene ponerles una o todas las caras posibles, para que no queden en una simple abstracción. Somos muchos los que querríamos entender pero, faltos de esos datos y de un análisis veraz de conjunto, no entendemos. Los medios de comunicación, empeñados cada uno en rumiar sus propios intereses, querencias y enemistades, no explican nada; se limitan, con pulso firme de contable en medio del desastre, a hablar de víctimas mortales, de largas filas de personas que nada malo han hecho pero son conducidas de una valla metálica hasta la siguiente en ordenada formación, custodiadas igual que criminales por agentes de policía que se desempeñan como pastores con el ceño fruncido. Vemos grabaciones de personas que se ahogan en barcas hinchables a pocos metros de la costa de Grecia, mañana de cualquier otro sitio con salida al mar, ayudados por voluntarios al mismo tiempo que agentes de uniforme los recogen y controlan y, quizá, quizá en algún caso, intentan abortar su llegada. Las imágenes más dramáticas son puntualmente mostradas por el noticiario de la mañana, luego el de mediodía y por fin, antes de archivar el tema, por el de la noche. Puede que entretanto tenga lugar algún pálido debate en el que se adivinará quién es quién según su lenguaje y el precio de la chaqueta que se haya puesto para salir por la tele.
Mientras tanto los máximos dirigentes, cómo no, se reúnen; en la lujosa sede de algún vago organismo internacional estudian el asunto, o juegan a las cartas, para el caso sería lo mismo. De nuevo quienes escuchamos los breves informes de la prensa no somos capaces de entender: ¿las conversaciones entre dirigentes tienen por objeto: a) realizar un análisis del problema para hallarle una solución b) decidir, como conglomerado más o menos azaroso de países, la mejor manera de escurrir el bulto c) concretar, gracias a algún sorteo o el hábil intercambio de ventajas, quién será el encargado de mancharse las manos con expulsiones masivas y que dan mala fama d) ninguna de las anteriores es correcta? En lugar de poner buena voluntad en el asunto, los estados han puesto a pensar a sus mentes más versadas en esto de salir adelante con el mínimo esfuerzo y compromiso. Menos de mil personas han sido acogidas por Europa en lo que va de conflicto. Mientras tanto, en Siria, la guerra continúa y nadie parece dispuesto a decidir si la Unión Europea debe o no implicarse. ¿O ya está decidido? Probemos a ver un rato las noticias para obtener un poco de información. Ah, no, hoy no: vuelven a emitir las imágenes del niño sirio que se abrazó desesperado a una periodista rubia hasta que ¡voilá! apareció su padre y, sí, qué barbaridad, parece ser que según los últimos informes hace frío en invierno, en primavera llueve y sopla el viento, si seguimos por este camino todo hace prever que hará calor en verano y en otoño caerán las hojas de los árboles.

A modo de conclusión, no hay conclusión: la guerra es un horror al que vienen a sumarse la desinformación, la directa ignorancia, el cinismo de las políticas macro económicas y el inquietante parecido físico de una gran mayoría de presentadores de noticiarios y programas de debate. Si solo se parecieran en eso no sería tan grave; pero es que, además, todos están de acuerdo en fijarse en aspectos laterales de cualquier problema, nunca en su esencia. No vaya a ser que, además de llenar minutos televisivos, estemos en peligro de ver la realidad tal y como es. En algunas localidades de nuestro variado país, mientras hablamos, caen chuzos de punta y de madrugada hay que ponerse abrigo; en cambio, en zonas de costa, se conocen casos de gente que ha empezado a llenar las playas. Qué bien, ¿no?  

lunes, 2 de mayo de 2016

BOSQUE DE CARETAS



Tú quizá no te das cuenta, pero hay muchas ocasiones en las que, para hacer o decir algo, tapas tu cara con una máscara. Se trata de un objeto o pieza de vestuario que algunos y algunas se colocan para festejar ciertas fechas o dar cumplimiento a determinados instintos en los que un precario anonimato juega, por lo visto, su papel. Pero también constituye una actitud, la manifestación externa y más visible de la sordera y la ceguera que nos asisten cuando las cosas, a nuestro alrededor, se ponen feas o no son, en todo caso, de nuestro agrado.
Dentro de esa colocación metafórica y emocional de una careta encontramos que, con frecuencia, la dureza de rasgos de una cierta conformidad esconde nuestros verdaderos sentires y opiniones. Tememos enseñarlos por si generan un rechazo que nunca resulta agradable. Formar parte de un grupo supone, por fuerza, colocar una máscara de cierto espesor que disimule nuestras reacciones. Todo lo que hacemos por contentar a los demás que no está motivado por el cariño o la generosidad, que hay quien todavía practica con sus semejantes, equivale a un cierto grado de enmascaramiento. Existe quien se cubre para que no vean la fealdad de su auténtica forma de ser; para otros ese gesto es una manera de evitar enfrentamientos: temen —y quizá temen bien—  que llevar la contraria a los demás equivalga a quedarse solos, una amenaza que cada cual esquiva como puede.
Por supuesto que, en el escaparate continuo de lo público, la máscara es un elemento imprescindible del attrezzo. Condición tradicional para dedicarse a la política, por ejemplo, es tener una determinada rigidez en los rasgos que haga imposible distinguir cuándo se miente y en qué casos se dice la verdad o cuándo, supuesto más frecuente, se tergiversan los hechos para favorecer el discurso que convenga sostener ese día.
Pero también en lo privado se desarrolla este mecanismo de ocultación. Las familias, sobre todo en su sentido extenso, son auténticos bosques de caretas; sus integrantes deben ponérselas en reuniones y fechas señaladas para bordear eternamente el momento de la confrontación definitiva en el que se tirarán los trastos a la cabeza. Hay quien mantiene convivencias enmascaradas, e incluso esconde el rostro para hacer el amor. Claro está que se acude al lugar de trabajo con la mejor cara de póquer de la que se disponga, según el ánimo de la jornada. Nos ponemos una careta para saludar en el descansillo al vecino que nos cae mal porque no nos deja dormir la siesta; en la tienda, al decir “hasta luego” con una sonrisa a la señora cuyo monólogo ha hecho que el momento necesario para comprar una barra de pan se alargue hasta adquirir las proporciones de uno de esos ratos contemplativos que recomendaban los filósofos griegos. Pueden verse narices postizas, gafas que disimulan la mirada, sonrisas falsas; un verdadero carnaval. Con los materiales que tenemos a la vista sería factible recopilar una muy efectiva “Historia de la impostura y el fingimiento”. En esta obra podrían tener una entrada propia los “mutuos entendidos”, instrumento gracias al cual dos personas construyen juntas una mentira sin que ninguna de ambas tenga que llegar a mencionarla jamás. Encontraríamos por fin la definición unitaria de la mala costumbre, tan extendida, de propagar el uso mendaz de ciertas palabras hasta lograr que, en ciertos foros, tales vocablos adquieran visos de realidad. En un apartado de honor podría incluirse un  breve currículo de aquellas personas que, ya por conformación natural o desarrollo posterior de su carácter, han alcanzado la perfección en su extraño arte al no decir, a partir de un cierto momento de sus vidas, ni una sola palabra que fuese verdad.
Las reuniones sociales llenarían, por sí solas, un abultado capítulo de tal obra. Estás hablando con “X” y te das cuenta de que su expresión se ha vuelto rígida, opaca la mirada de sus ojos y la sonrisa un puro rictus. Algo ya sospechabas porque aquello de lo que estabas hablándole, inquietud, temor o incluso franca crisis, no era como para que “X” sonriera de esa forma. Estás ya ante una máscara, no te quepa la menor duda; los pensamientos que, a pesar de todas las apariencias, siguen circulando detrás de su hieratismo de escultura repentina es probable que muy poco, o de hecho nada, tengan que ver con lo que decías. Pero no es cuestión de dejar a la otra persona —o su máscara— en evidencia: finges una o dos tosecillas, bebes algo, enciendes un cigarrillo si es que aún fumas. Disimulas, a tu vez, para dar tiempo a que el rostro vivo con el que creías estar comunicándote aflore de nuevo o decida, en el peor de los casos, endurecerse todavía más en su estado de careta, lo que llevará al fin inevitable de la conversación.
La máscara termina, en suma, por invadirnos y ejercer un cierto dominio. Se conocen casos, algunos de ellos de público y general conocimiento —no mencionaremos nombres— en que la careta ha terminado por suplantar a la persona que la usaba. Se trata de supuestos en que la máscara ha tomado el control de quien le daba hospedaje: la personalidad original pasa, merced a un enfermizo cambio de roles de naturaleza casi biológica, a cumplir el papel de individuo secundario, ya siempre oculto igual que en algunas casas de pretendida dignidad o abolengo se obligaba a permanecer escondido al miembro de la familia que sufría alguna demencia o deformación.

En definitivas cuentas y así descrito el panorama, se trataría de distinguir cuándo somos quienes somos y cuándo, en cambio, la máscara que usamos para protegernos o parecer menos disconformes, no tan presas del horror, por todo lo que vemos y nos pasa. De momento no se ha creado ningún mecanismo a este fin; para apreciar la falsedad dependes por completo del ojo clínico que hayas podido desarrollar. Aunque, sobre este ojo, nunca sabrás con certeza si de verdad te pertenece o forma parte de la careta que tú, como todos los demás, pones de vez en cuando sobre el rostro.