lunes, 21 de agosto de 2017

JUANA RIVAS TAMBIÉN PASÓ POR AQUÍ.



        Esta mañana nos hemos despertado con la noticia de que Juana Rivas, después de semanas de persecución y campañas de desprestigio en televisión y prensa escrita, no ha resistido la presión y ha decidido entregarse. En una carta dirigida a diversas autoridades públicas, Juana pone de relieve las deficiencias de los diversos trámites y procedimientos llevados a cabo en relación a su caso y la indefensión general en la que tanto ella como sus hijos han sido situados por esas negligencias. En casa sentimos impotencia y no comprendemos, no, no podemos comprender esta situación. Su maltratador se pasea con toda tranquilidad y ella ha tenido que separarse de las personas a las que más quiere en el mundo, y de cuya seguridad se siente responsable, en cumplimiento de la misma norma que debería protegerles.           

           Cuando se estudia la carrera de Derecho, como es mi caso, una de las cosas que se aprenden a lo largo de los años y los cursos es que la Ley no puede abarcar todas las posibilidades, prever todas las eventualidades, prestar una solución a los problemas. Si escribo esta palabra —“Ley”— con mayúscula inicial es para designar el conjunto de normas de todo tipo que intentan regir nuestra amplia y caótica comunidad. Es difícil, se nos enseñaba en las aulas, resulta casi imposible dar una respuesta a cada problema particular. Por esa razón la Ley tiene que ser general. Corresponde a los juzgadores, Jueces y Juezas, entrar en la problemática particular de cada supuesto, en el caso de que el asunto llegue a su conocimiento.

            A lo largo de las últimas semanas, a medida que se sucedían las deficientes informaciones y las opiniones encendidas acerca del drama de Juana Rivas, he imaginado en más de una ocasión que ella y sus hijos se alojaban, por unos días, en mi casa. Sí, en las modestas habitaciones del piso de alquiler que compartimos mi pareja y yo Juana podía tener descanso al menos por unos pocos días. Esto es importante: solo por unos días. La persecución está en marcha y Juana tiene que cambiar de ubicación cada poco tiempo junto con sus hijos, que acusan el cansancio que estas alteraciones deben, por fuerza, producirles. Los niños, imagino, hacen muchas preguntas y protestan contra aquello que no les gusta; por ejemplo, que en las alacenas de nuestra cocina no hay cacao en polvo para ponerle a la leche.

            Salgo un minuto para comprar el cacao en polvo. Cuando vuelvo, los niños se alegran y me dispongo a prepararles un vaso de leche con cacao a cada uno, más unos pequeños bocadillos. Es la hora de merendar. Los niños meriendan. De momento, se restablece un poco la calma.

            Se entabla entre los tres adultos, como no podía ser de otra manera, una conversación acerca de la situación de Juana. Víctima de maltratos físicos y psicológicos durante años, un día encontró valor para denunciar a su maltratador, el padre de los dos niños que mastican sus bocadillos en el sofá mientras nosotros hablamos en la mesa, a un lado. Hubo un juicio y un juez italiano dictó una sentencia. El maltratador de Juana era ya, según la resolución judicial, un delincuente condenado por la justicia.

            Hasta ahí todo bien. O, mejor dicho, todo mal. La vida de Juana estaba patas arriba. Ella sufría, sus dos hijos sufrían. Entonces ¿cómo pudo volver con su maltratador? Es una pregunta difícil, con una difícil respuesta. Por eso, excusamos de hacérsela. Solo serviría para hacerle sentir arrepentimiento y, quizá, vergüenza. Además, no es necesario, conocemos el mecanismo de funcionamiento aproximado del maltrato: el agresor se convierte en dueño y señor de la agredida, con una influencia absoluta sobre su estado de ánimo y decisiones. El perfil de maltratador presenta, por si la violencia física no fuera suficiente, un rasgo general muy inquietante: unas acentuadas dotes para la manipulación.

            Así que podemos imaginarlo, también esto. Cómo el maltratador la persuadía, la convencía de que volviese con él. Lo que había ocurrido hasta ese momento había que olvidarlo, dejarlo atrás. Eran errores, malentendidos, comportamientos que no tendrían lugar de nuevo. Podían, juntos, empezar de cero. Como una familia.

            No. Nunca una familia, una verdadera familia. Las personas componentes de una auténtica familia no se torturan, no se agreden, no se insultan. No se manipulan para distorsionar la perspectiva del otro, o la otra, de forma que los defectos propios queden atenuados, disimulados.

            Un panorama, en fin, completamente aterrador. Luego, nuevos episodios de agresiones y coacciones y otra separación, esta vez definitiva. El maltratador, en su papel de padre, indiferente y lejano. Los hijos no tienen apenas contacto con él. Por supuesto, tampoco reciben ni un solo céntimo de su bolsillo. ¿Juana no quiere escucharlo, no quiere estar con él? Pues tampoco los hijos lo verán ni tendrán nada, al menos de su parte.

            Esta es la terrible lógica del maltrato, de la tortura. O todo o nada. Cualquier tema, toda consideración, subordinada a los impulsos y deseos del “dueño y señor”. No quisiera, pienso mientras me digo todo esto, ocupar ese lugar respecto a nadie. Nunca. Nunca ser “dueño y señor” de nadie. Jamás. Porque ¿y la culpa? ¿Y la empatía respecto a la otra persona? ¿Dónde quedarían?

            En lo que se refiere al maltratador de Juana, creemos que tales sentimientos nunca han sido un factor. No podemos concebir que un ser humano con empatía por las otras personas lleve a cabo un comportamiento semejante. Vuela por mi conciencia la palabra “patriarcado”, como el sello de una condena temible. Hemos sido educados, nosotros los hombres, y ellas, las mujeres, en una enorme y maliciosa mentira de horrendas consecuencias. La mentira de los roles, del machismo, del dominio, del papel “que corresponde a cada cual”. No hay papeles, no debe haberlos. Solo personas, responsable cada una de su propia existencia y circunstancias, dentro de los límites que nuestra forma de vida nos impone, y que no son pocos.

            Juana, Juana Rivas, tiene el rostro demacrado. Nunca imaginó que sería una mujer en situación de busca y captura. Los más firmes defensores de la “legalidad” claman por su detención. Ella sabe que la huida es la única oportunidad que sus hijos, dos niños aún pequeños, tienen de sobrevivir. No, no queremos preguntarle mucho más por su angustiosa situación, preferimos que descanse, que viva durante unas horas un pequeño simulacro de “normalidad”.

            Sin embargo, es ella la que nos hace preguntas: cuáles son los últimos comentarios que se han hecho sobre ella en la televisión, en los periódicos. Sobre esto no le mentimos y notamos por su expresión que la campaña de desprestigio y tergiversación que se está realizando en su contra le causa una profunda tristeza (¿dónde están, por cierto, la empatía y la humanidad de la clase periodística? ¿De verdad todas esas personas que escriben esos artículos en los que con o sin sutileza la acusan de ser, ella misma, causante de todos sus problemas y disculpan a su maltratador piensan de esta manera? ¿Nadie quiere hablar públicamente en su favor?)


            A continuación me pregunta por su situación legal. Yo mismo le he dicho, al recibirla, que soy licenciado en leyes. Sé que ha tenido diversas abogadas que la han aconsejado y representado, que aún lo hacen. Son profesionales de las que dignifican el oficio. Nadie mejor que ellas para asesorar a Juana. Creo que las preguntas que me hace se explican como un reflejo de incredulidad: sencillamente, es incapaz de asumir que, pese al maltrato que sufrió durante años y a las oscuras pero evidentes intenciones de su maltratador, la justicia española no le ofrezca algún tipo de protección. La última noticia es que el Tribunal Constitucional ha denegado un segundo recurso de amparo. Ciertos personajes se empeñan, en debates televisivos, en recordar que hay una orden de busca contra ella por retención de menores, previa a la última denuncia presentada por Juana contra su maltratador. Es cuestión de orden, dicen los personajes: primero que detengan a Juana, y luego ya se verá. Excepto que se han producido, en el proceso iniciado por Juana, determinadas irregularidades y tardanzas que tendrían, muy posiblemente, que dar lugar a responsabilidades legales: documentos cuya traducción se eterniza, precedentes en forma de sentencia dictada en un país europeo que no son tenidos en cuenta, irregularidades, en fin, que pueden ser consideradas como alteraciones muy importantes de ese mismo orden. Excepto que para Juana, Juana Rivas, madre de dos hijos, mujer maltratada durante años, no es solo una cuestión de orden. Si entrega a sus hijos, y los niños son a su vez entregados a su maltratador, puede que nunca más vuelva a verlos. Desde mi perspectiva, es muy sencillo, espantosamente sencillo: no puede correrse el riesgo. También sobre esto hay precedentes, aquí mismo, en mi ciudad. Un tal caso Bretón. Hoy, uno de nuestros parques ha pasado a llamarse “Ruth y José”. La posibilidad de que, por cumplir el tenor estricto de las leyes, dentro de unos meses estemos bautizando de nuevo otro parque me parece pesadillesca. Y es lo que no quiero decirle a Juana: que, a veces, según nos enseñaron en la facultad de Derecho y confirmamos después en la práctica, la generalidad obligatoria de las leyes da lugar a males más terribles que los que pretendían evitarse o castigarse con esas leyes. No, no quiero tener que repetir a Juana lo que ya sabe, la realidad desoladora que ella misma ha descubierto y que la mantiene, de momento, en esa situación de huida continua. Esperemos que las autoridades, después de su entrega voluntaria y de haberles confiado a sus hijos, decidan no ponerlos a disposición del maltratador y concedan protección a Juana igual que lo harían respecto a cualquier otra persona en riesgo grave. Sería positivo para nuestro respeto por el funcionamiento de las instituciones, incluida la Administración de Justicia, que la generalidad normativa habitualmente dañina no tenga, en su caso, el efecto monstruoso que ya ha tenido para muchas otras personas, muchas otras mujeres desamparadas frente a sus maltratadores. Mientras tanto, y al margen de esta pequeña fantasía que he fabricado para argumentar mejor mis reflexiones, queremos que Juana sepa que aquí, donde vivimos, tiene su casa. Para los días que hagan falta.  

miércoles, 7 de junio de 2017

"HIJA DE LA LAGUNA": UN VISTAZO AL OTRO LADO DE LA REALIDAD


               (Un comentario sobre el documental Hija de la laguna, Ernesto Cabellos, 2015)



               En el Perú existe una población llamada Cajamarca, donde hay una laguna. Esa laguna es la base y el centro de un rico ecosistema caracterizado por su humedad, su flora y una fauna básica que permite a sus habitantes vivir de los productos de la tierra, con la que además tienen una relación de gran intimidad y conocimiento que casi podríamos calificar de “familiar”. El mejor ejemplo de esta relación tan especial es Nélida, una joven que habita con sus padres en los vastos campos de la región y que conoce el proceso de sus cambios, sus abundancias, sus momentos de escasez. Ella ha entablado con la laguna y todo cuanto la rodea un vínculo tal que a menudo, en su fuero interno, habla con ella igual que si fuera un ser consciente, y le dirige ruegos y promesas. La laguna adquiere la categoría de interlocutora, de figura maternal, de entidad a la que recurre con naturalidad en las súplicas y en los agradecimientos.

            Un mal día, Nélida y todos los demás habitantes de Cajamarca reciben la visita de unos hombres siniestros ataviados con chalecos y gorras de vago aspecto policial. Llevan armas y les observan de lejos. Las personas del lugar, asustadas, no saben en un primer momento qué esperar de tan oscura visita. Más adelante su propósito quedará claro, demasiado claro: se trata de la avanzadilla de un grupo empresarial que pretende explotar el fondo de la laguna donde, según ciertas averiguaciones realizadas en secreto por la empresa, hay un yacimiento de oro.

            Los acontecimientos se precipitan después con rapidez: la empresa quiere el oro que ya considera suyo, las personas de Cajamarca solo desean, en cambio, que las dejen en paz con su tierra y su modestia. El inevitable choque de intereses. Habitualmente, enfrentamientos como estos se salvan con algunas amenazas o unos pocos sobornos y el proverbial miedo de la gente humilde a sufrir mayores daños. Pero, según comprenden estos atípicos campesinos, eso es precisamente lo que ocurrirá si la empresa se sale con la suya: se quedarán sin lo que más aprecian en el mundo, su pedazo de tierra alimentado por la laguna; se verán sin nada, nada en absoluto. Porque por donde pasa el rodillo de los intereses empresariales ya ningún fruto es capaz de crecer, solo queda una tierra yerma y un puñado de personas infelices y desposeídas. Así ha sido siempre. Así se suponía que debía ocurrir también en el caso de Cajamarca.


            En este documental, además de hablarse de la lucha de las personas de Cajamarca por preservar su forma de vida, la única riqueza de su laguna, se nos muestran las consecuencias del proceso contrario, es decir, varios casos en los que el interés empresarial estuvo por encima de las consideraciones humanitarias y ecológicas más esenciales. Su director, en un ejercicio de síntesis admirable, incluso encuentra tiempo en su metraje para darnos cuenta de la hipocresía del mal llamado “primer mundo”, encarnado para la ocasión en la persona de una diseñadora de joyas de lujo (y nada bellas, valga el comentario de pasada) que aprovecha los productos de la explotación humana y natural para hacer tranquilamente una fortuna, y aún tiene la desfachatez de visitar los lugares del genocidio natural disfrazada de exploradora de principios de siglo XX. El colonialismo no es, ni mucho menos, cosa del pasado; pero no quiero dar más pistas ni destripar el contenido de este magnífico documento, esta maravillosa y terrible película, disfrutable desde el aspecto visual y el humano, desde la poesía y la reflexión social. Todos estos elementos se suman en Hija de la laguna para componer algo a lo que, por desgracia, cada día estamos menos acostumbrados: una verdad. La verdad de la emoción y del profundo esfuerzo que cuesta defenderse de los insistentes y fríos ataques del mercado; la verdad de una lucha, que lleva mucho tiempo en marcha, por conservar el espacio minúsculo que ese mismo mercado quiere dejar al ser humano para que sienta y respire. Esa verdad que espera al otro lado del enorme muro que, en ocasiones, nos separa de la realidad a que vayamos a echarle un vistazo. 

martes, 18 de abril de 2017

FLORES AMARILLAS


(Publicado en la revista "Sin ir más lejos" de la ONG Córdoba Acoge)



            Aunque padezco de alergia, fui a una floristería para comprar un pequeño regalo. Es solo una de las muchas contradicciones en las que incurro últimamente. En el camino de vuelta, que hacía sujetando con mucho cuidado el tiesto con margaritas amarillas, pasé por la zona histórica de la ciudad. A los pies de la Mezquita una vía empedrada permite adentrarse en las callejuelas de la antigua Judería o bien, doblando a un lado, cruzar bajo el llamado Arco del Triunfo, que data del siglo XVI, y acceder al arranque del Puente Romano. Como puede verse, en un espacio reducido coexisten, sin enfrentamientos ni mayor dificultad, huellas de diversas culturas. Dejando aparte los problemas del obispado con el carácter musulmán de la Mezquita, que obedece tanto a razones ideológicas como crematísticas (esta palabra alude al interés económico y si la uso es porque me hace pensar en grandes piras de billetes siendo reducidas a cenizas por las llamas), a nadie choca esta acumulación de las muestras arquitectónicas y urbanísticas de civilizaciones tan distintas. Forma ya parte del acervo común la idea de que, donde hoy se extienden nuestras ciudades, antes hubo otras. Consideramos a las culturas que las generaron, eso sí, agua muy pasada, y a sus improbables habitantes como desconocidos cuyos pensamientos y necesidades somos incapaces de imaginar.

            Tal vez una distancia parecida sigue existiendo con respecto a quienes pertenecen a nuestro tiempo pero no a nuestro ámbito más inmediato. Personas de Siria, de Marruecos, del Congo o de Ucrania se nos hacen difíciles de concebir aunque las tengamos delante; y es que una cosa es entender una realidad y otra muy distinta asumirla. Puede que esa brecha mental sea común a todos los habitantes de todos los países. Creo, personalmente, que la quiebra resultará más evidente en el caso de que esos países tengan un pasado colonial, o vivan en la ilusión de un futuro excesivamente prometedor, porque el imperialismo enseña a considerar a los dominados como inferiores y la superioridad es un sentimiento tan absurdo como frecuente.

            Reflexiones de esta clase son más o menos lógicas cuando se pasa por la parte histórica de una ciudad. Ahora, gracias a los últimos acontecimientos internacionales y al tratamiento que les dan los llamados “medios de comunicación”, también acompaña nuestro camino el miedo a ser víctima de un atentado. Se me dirá que esos “medios” no crean el fenómeno del terrorismo, y es cierto; pero tampoco lo explican. A través de los boletines de noticias tanto nos llegan vagos ecos de lo que está sucediendo en Siria y otros campos de batalla como del último tropezón gracioso de una niña norteamericana o sobre la escalera que este mes se ha descompuesto en China con peligro para la integridad de quienes la usaban. No existe un filtro: lo importante es lo último que haya ocurrido, que mañana nadie recordará y de lo que no habremos llegado a conocer las razones. Por esa misma falta de criterio, los “medios” alimentan nuestro temor a lo que no conocemos y que ellos, no hay que dudarlo, tampoco van a esforzarse para acercar a su público. La distancia vende, en el miedo a lo lejano hay un mercado que puede explotarse. También en eso, una vez más, resultamos ser consumidores. Mientras me decía todo esto, apretaba el paso para salir cuanto antes de la "zona de peligro”, procurando sujetar lo mejor posible el tiesto con flores amarillas que había comprado como regalo. Si había que hacer caso a los noticiarios, detrás de cada rostro podía ocultarse una mente “radicalizada” y dispuesta a atentar contra nuestras vidas. Como si no tuviera uno bastante con los radicalismos tradicionales en nuestro folclore ahora había que preocuparse también por otros nuevos. No ganamos para disgustos.


lunes, 3 de abril de 2017

TALLER DE CINE Y AUTOCONOCIMIENTO


Taller de cine y autoconocimiento. El día 17 de abril arranca esta experiencia en la que se hablará de cine y emociones. La palabra que falta en el propio cartel es "herramienta"; y es que nada como el arte para ayudarnos a conocer nuestra propia forma de ser, de sentir y de proyectarnos hacia el mundo y los demás.
Puede encontrarse el formulario de inscripción en la página del Centro de Información Juvenil de Montilla (http://www.juventudmontilla.blogspot.com)
¡Para quienes se animen a conocer el cine y conocerse a sí mismos un poco mejor!

miércoles, 29 de marzo de 2017

Díptico del taller sobre literatura y género, con motivo del Día de la Mujer



   Una maravillosa experiencia, en compañía de las mujeres y hombres de Lucena. Díptico del taller acerca de la vida y obra de Virginia Woolf, que quiso examinar su posición como mujer y como intelectual en la sociedad de su tiempo y en la de nuestro tiempo. Hay obras que recompensan el esfuerzo que supone su acercamiento y comprensión con ideas y emociones que, a partir de ese momento, se quedarán con nosotros y nosotras para siempre.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Taller de literatura hecha por mujeres y autoconocimiento - Lucena, Córdoba

Un taller que quiere el acercamiento entre público lector y literatura hecha por mujeres. Una nueva oportunidad para quien lo imparte de comprobar cómo la curiosidad es uno de los motores de la sensibilidad y el conocimiento. 

lunes, 13 de marzo de 2017

IGNORANCIA


              (Publicado en la revista "Sin ir más lejos" de la ONG Córdoba Acoge)

            Todas las personas que conozco tienen sus rutinas. Se trata de modos más o menos prácticos de hacer las cosas, de cumplir las obligaciones o de darse pequeños gustos. Se comienza a hacer cualquier cosa de un modo determinado y, cuando quiere uno quiere darse cuenta, resulta que ya tiene una costumbre. Prácticamente todas las semanas acudo a la oficina de correos. Aparco el coche en una avenida cercana, donde suele haber sitio. Después, hago mis copias y, con los sobres bajo el brazo, camino el trecho de unos diez minutos hasta la oficina de correos más próxima. No siempre es un paseo agradable. A veces tengo otros recados que hacer, formalidades, compras, visitas, llamadas, y las agujas del reloj parecen correr en contra de mi propósito de cumplir con todos.
            La última vez que tuve que hacer ese trayecto, en cambio, pude emprender el breve camino respirando con tranquilidad. Primero unas cuantas calles, color cemento. Un parque minúsculo haciendo esquina, en cuyo cuadrado apenas suficiente se aprietan las ramas de algunos arbustos y árboles raquíticos y las formas coloridas de toboganes   y otros juegos infantiles. En aquel momento estaban tomados por un grupito de adolescentes que bromeaban y chillaban, formando un círculo y haciendo un enorme e inútil esfuerzo para que no se notase lo que estaba ocurriendo en su interior.
            Después la carretera, en la que hay que estar muy atento para cruzar porque los coches, las motos y autobuses pasan a gran velocidad. Más allá del semáforo, un puente gris sortea las vías del tren. Una y otra vez, manos desconocidas escriben en las paredes también grises que se alzan a ambos lados del puente mensajes más o menos comprensibles. Luego, otras manos anónimas intentan borrar las letras dibujadas con espray. Como resultado, esas paredes están cubiertas de pintadas cuyas líneas muestran diversas intensidades: las hay que casi parecen recién hechas y otras ya muy desleídas, como la imagen de un objeto tirado en un lago que viéramos hundirse lentamente en el agua.
            No suelo fijarme en el contenido de las pintadas. Cada vez que cruzo el puente, solo soy capaz de recordar la escena de Paris, Texas, la película de Wim Wenders, en la que el protagonista camina por otro muy parecido solo que mucho más largo, casi interminable, que atraviesa el espacio sobre el tráfico de una autopista. A lo largo de todo ese trayecto le vemos avanzar mientras escucha los gritos e imprecaciones de un pobre loco que amenaza a la humanidad con su propia debacle. En cambio, este último día que pasé por allí una de las leyendas de la pared llamó mi atención. En letras grandes, regulares y de color azul intenso, la pintada decía: “IGNORANCE Your new best friend?” (IGNORANCIA ¿Tu nuevo mejor amigo?)
            Terminé de cruzar el puente, fui a correos, entregué mi sobre. A la vuelta tuve que hacer unas compras en el supermercado. Durante todo aquel rato, la frase del puente y su significado planearon sobre mi conciencia. Las palabras que la componían, igual que una semilla de violento fruto, daban lugar a ideas que crecían como raíces y ramas nuevas en mi pensamiento.  No acierto a explicarlo de otra manera. Una comunicación se había establecido entre el autor o autora de la frase, su inscripción en forma de pintada y yo; mi archivo particular de despropósitos encontró bastante que responder al llamado que el mensaje incorporaba. Porque son muchos los ejemplos que pueden encontrarse de que la ignorancia, efectivamente, se extiende como un virus dañino, tal vez el más peligroso que la humanidad haya conocido. Hace escasas semanas, varios millones de norteamericanos decidieron elegir a un fascista como presidente de su gobierno; acaso lo más desconcertante desde aquel momento haya sido comprobar cómo muchas de las cosas que este individuo ha ordenado hacer vienen practicándose en nuestro entorno desde hace tiempo, sin que los observadores internacionales hayan elevado grito alguno de denuncia al respecto. Vallas compuestas a base de cuchillas, en lugar de un muro; pelotas de goma disparadas a inmigrantes náufragos desde una playa de Andalucía; declaraciones políticas de dudosa humanidad. Ministros y ministras eluden el hecho de que, tras el sustantivo que utilizan para referirse a todas las personas que están en una situación determinada (verbigracia, “refugiados”) hay realidades muy diversas, todas desesperadas: necesitadas de ayuda, de comprensión y no, como ellos prefieren, únicamente de cautela y rechazo.  

            Son muchos los signos de que la política acerca de inmigración de nuestro país y otros del entorno resulta bastante parecida a la que ese presidente norteamericano, entre gesticulaciones de clown, lleva a cabo en las pantallas de nuestros televisores. Sin embargo, en las últimas elecciones, millones de ciudadanos y ciudadanas españoles decidieron ofrecer a ese grupo de políticos la oportunidad de seguir aplicando su “mano dura”, no solo en contra de personas procedentes de otros países, sino también de estudiantes, artistas, votantes de partidos distintos o cualquier otro que, sencillamente, quiera mostrar su disconformidad con lo que se está haciendo por medio de una manifestación. Pretenden ponernos una enorme, apretada mordaza. Todo lo que podemos hacer, además de seguir manifestando nuestra oposición a ese conjunto de actitudes y medidas, es lanzar nuestras dudas a quienes parecen conformes con la situación y todas sus probables consecuencias. Esas dudas muy bien podrían adoptar la forma de la pregunta que encontré, por pura casualidad, escrita en la superficie gris del muro de protección de un puente: “IGNORANCIA ¿Tu nuevo mejor amigo?”